Porque…“No te fijes en la pequeñez del grano de pimienta. Fíjate en lo que pica”.
Te puedo asegurar que “jamás he visto un alma tan desesperada. Así, que si quieres hablar a través de la noche; adivina quien va a estar ahí”. En cualquier pagina, en cualquier rincón aún aparecen cosas hermosas, ciertas, sencillas, sin que una mente perversa las contamine. Pero, por igual, mucho miedo para hablar, temor para orientar a quienes necesiten orientación y puedan desarrollar un pensamiento libre, sin las ataduras de quienes critican mordazmente a todo aquel que no sea mansa oveja.
Muchas veces la sangre hierve, al escuchar o leer cosas en apariencia simples, sin posibles partes ocultas y que la mayoría del vulgo no las ve, aunque con el curso del tiempo la triste realidad les da de frente, y muy duro. Son acciones que tienden a deshumanizar al individuo, porque le limitan su capacidad para pensar, para darse cuenta de que de una u otra manera lo están arruinando, mediante el fraude en la oratoria o el engaño escrito pre-pago, que les roba su capacidad para conocer la verdad y que además le merman sus intereses personales o colectivos.
Permisividad, docilidad, silencio cobarde y contagioso, al parecer, son la pandemia que acomete a los dominicanos, siendo mejor ni tocar el tema de una corrupción al parecer endémica, pero no sólo en cuanto a lo material, sino, por igual, en lo moral, en lo ético y profesional. Cualquiera que se pueda acercar a un micrófono, de inmediato se gradúa magna cum laude en química, con especialidad en veneno oral y nadie dice nada, porque además, ese adefesio de persona adquiere fe pública.
Y el caso es peor en algunos medios escritos, panfletarios, chapuceros manipuladores, perversos queriendo presentar a todo el mundo como estúpido, o rebaño de ovejas al cual quieren dirigir hacia el barranco de la desinformación y todo esto, por interés, vulgo motivo mercurial que los mantiene en el mismo lodazal y no les permite progresar por el camino de la luz, aquel que solo transitan los hombres de buenos principios, aquellos que “hacen que el hombre no se pierda al final”.
Estamos sobreviviendo sin esperanza alguna de salir del ayer que fue tinieblas para la gran mayoría y sólo un haz de luz para los más descarados y serviles. Nos negamos a creer que “las raíces del futuro están profundamente enterradas en el pasado, como lo están nuestras suposiciones sobre la manera como se supone que el mundo debe ser. Quizá la mayor barrera cognoscitiva a la cual nos enfrentamos para comprender el mundo es que hemos terminado por ver ciertas realidades como parte de un “orden natural” que seguirá incontrovertible”.
No señor, así no continuará, a pesar de aquellos dramaturgos que de todo quieren hacer un cuento maquiavélico, trágico o mágico, dependiendo del espejo o los lentes con los cuales se lea. Esos que actúan de esa manera son los peores, por farsantes, mientras hay otros que debieran ser libretistas de películas, con la característica de que todas formarían una serie donde solo cambiaría el número, porque el nombre indiscutible sería “chantaje”.
Por eso, sobre este tema pretendo hacer una pequeña serie de artículos, aunque no sea por el momento, porque ahora voy a dejar que José Martí concluya este primer episodio: “Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado. Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz”.
Por eso, “cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz”. To be continue. ¡Sí señor!
El Viajero Digital