Casi todo en la vida se puede compartir, menos la responsabilidad del mando

Por: Rafael R. Ramírez Ferreira
(rafaelelpiloto1@hotmail.com)

Considero que los gobiernos se pueden compartir; que los gobiernos en ocasiones pueden y deben consensuar y hasta ceder en determinados momentos y mucho más, pero, en lo que no puede haber duda alguna o condicionantes que se puedan mal interpretar, es donde radica o mora la Autoridad.

Y es que el sentir de los políticos es algo difícil de comprender en determinados sentidos, porque hasta las cosas que deberían estar claras, al parecer, las actuaciones, dan la impresión de no contar con la autoridad para actuar según su propio criterio.

Ya sea por compromisos contraídos o necesarias negociaciones con el fin de obtener el poder, todas tienen un límite; una pared infranqueable, que siquiera la amistad o familiaridad puede burlar, ya que, reitero, la ejecución del mando no da cabida a dudas. Alguien, en su momento, expresó que; “Si tengo que decir quién es que manda, entonces hay problemas”.

Me parece hasta prueba en contrario, que este es un buen gobierno hasta donde va, pero no puede haber dudas de donde está quien manda, porque siendo una maquina nueva y que creó tantas expectativas, se hace cuesta arriba sentir algunos ruidos y pequeñas distorsiones en su ensamblaje.

Cancanea en determinadas áreas porque las piezas son y han sido entregadas con un mal de fábrica y a la casa, parece que no llegan los reportes de los usuarios. La semana pasada, específicamente en la Autopista Duarte, me detuve a almorzar en un restaurant, ubicado del lado Sur de esta vía, donde se encontraban estacionados de reversa, razón por la cual me llamó la atención ver estas luces o centellas en las parrillas de las dos jeepetas encendidas al igual que sus motores y después de unos cincuenta minutos que partí, “ellas” continuaban igual.

Fue como si me golpeara un tufarada nauseabunda procedente del comportamiento de estos líderes de nuevo cuño pero, formados del mismo viejo material al que estamos acostumbrados.

Esto me hizo sentir embotado, más bruto de la cuenta y quizás los que observaron en ese momento, notaron en mí una mirada como esa de los sordos, turuleco, sin querer comprender el porqué de esta situación. Estoy más que seguro, que si los vehículos hubiesen sido de su propiedad y por demás pagaran ese combustible, nunca se hubiera producido esta acción, teniendo la certeza de que nunca antes de ser “funcionarios”, la habían ejecutado en su vida.

Como dije, al igual que muchos, no soy tan estúpido para no saber reconocer por dónde anda el problema y es, que loro viejo no aprende hablar. El Presidente parece haber lanzado las pelotas a más de cien millas, las cuales son inatrapables por algunos de los funcionarios, que en realidad son nuevos, pero con las mañas y disfuncionalidad de los anteriores, sin que hagan el menor esfuerzo por tratar de hacer las buenas atrapadas.

Por otra parte, los esfuerzos de Inteligencia parecen estar concentrados en los asientos de los y las valientes que se encuentran en la Procuraduría general de la Republica, después de eso, hummmnn.

Porque a mi pobre entender, existen ministerios que aún están en planificación, en ejes y plataformas, en tanto la interminable penetración y estadía de ilegales continua como Juancito el caminador -y porque no-, hasta como el “otro” y peor aún, da la sensación, con la regularización y vacunación, como si se incentivara esta acción, por cierto, ya nada pacífica.

A eso tenemos que agregarle a los pobres padres de familia del transporte público que se roban cualquier esquina o parque para hacer sus paradas y nada pasa, sin hablar que transitan normalmente como le viene en gana y ninguna autoridad se da por enterada ¡ayyyyyy!, se me olvidaba, el refrán aquel de “la iglesia en manos de Lutero”.

Igual con los podres padres e hijos en los barrios, con su “teteo” burdo, de puro tigueraje e irrespeto a las autoridades. En tanto, la siempre jodida clase media paga los platos rotos, quizás dando aquiescencia al refrán de que; encontramos nuestro destino en el camino que tomamos para evitarlo. ¡Que prosiga el caos! ¡Sí señor!

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