La emergencia sanitaria mundial por la Covid-19 está teniendo un enorme impacto entre las poblaciones más vulnerables y una de sus caras más espeluznantes es el hambre aguda.

La emergencia sanitaria mundial por la Covid-19 está teniendo un enorme impacto entre las poblaciones más vulnerables y una de sus caras más espeluznantes es el hambre aguda. Los expertos prevén que la pandemia tendrá consecuencias apocalípticas. Una proyección del Programa Mundial de Alimentos (WFP en sus siglas en inglés) estima que unos 265 millones de personas en países de ingresos bajos y medios se encontrarán bajo seria amenaza a menos que se tomen acciones para paliar el hambre agravada por las consecuencias de la pandemia.

La estimación supone un aumento considerable con respecto a los 135 millones de personas en 55 países (el 16% de la población planetaria) que ya padecían esta situación de hambre aguda en 2019. Se trata de poblaciones muy vulnerables que no tienen capacidad para sobrellevar los efectos -tanto de salud como socioeconómicos- de una nueva crisis.

Así lo advierte el Informe Global sobre Crisis Alimentarias 2020 (GRFC, en sus siglas en inglés), que analiza la situación de inseguridad alimentaria en el mundo. El trabajo, en el que colaboran 16 organizaciones y agencias de la ONU -entre las que se encuentra el WFP- y financia la Unión Europea, ha sido presentado este martes.

«Es necesario mantener el flujo de la asistencia alimentaria porque si no lo logramos, tememos una catástrofe alimentaria», alerta Valerie Guarnieri, subdirectora ejecutiva para Programas y Políticas del WFP, en una entrevista telefónica con ELMUNDO.es

Preocupa especialmente la situación en países de África y Oriente Medio, donde el virus amenaza las vidas y los medios de subsistencia ya de por sí precarios, al imponer un aislamiento que debilita las redes comerciales vitales para la supervivencia de las comunidades. «Las medidas de confinamiento y la recesión económica global conducirán a una pérdida de ingresos masiva entre los trabajadores pobres, que ya están viviendo al filo de la pobreza y el hambre», explica el GRFC. En este sentido, alerta el informe, «se espera que un mayor número de personas muera debido al impacto económico de la Covid-19 que por causa del virus propiamente».

El mapa del hambre en el mundo antes de la pandemia muestra una geografía en la que la mayoría de las personas afectadas se encuentra en países arrasados por los conflictos (77 millones), el cambio climático (34 millones) o la crisis económica (24 millones). Yemen, República Democrática del Congo y Afganistán agrupan un tercio del total de personas en situación de hambre extrema, con Venezuela como el cuarto país del mundo más afectado. Le sigue Sudán del Sur, done el 61% de sus habitantes están lidiando con la falta de alimentos. «En estos países, recibir ayuda alimentaria es la diferencia entre la vida y la muerte», subraya Guarnieri. De los cinco países por donde galopa a sus anchas el jinete del corcel negro, Venezuela es el único que no está en guerra. Pese a sus enormes reservas de petróleo, es uno de los puntos calientes del hambre tras el colapso de su economía: 9,3 millones de venezolanos (el 32% de la población total) están en situación de inseguridad alimentaria y necesitan ayuda humanitaria. De ellos, 2,3 millones padecen hambre aguda.

A esta cartografía apocalíptica se une ahora la crisis del coronavirus, que lastrará aún más las vidas de sus habitantes. Mientras luchan contra la Covid-19, los países más pobres se arriesgan a verse forzados «a elegir entre salvar vidas o modos de vida», llama la atención el informe. «En el peor escenario, esto significa salvar personas del coronavirus para luego ver cómo perecen de hambre», subrayan los expertos. Para prevenir que las decenas de millones de personas que ya están al borde del hambre extrema sucumban al virus o caigan en el abismo de sus consecuencias económicas, los autores del GRFC instan a una movilización global para coordinar políticas operacionales y estratégicas, asegurar la asistencia nutricional a los grupos más vulnerables y reforzar los sistemas de protección social.

En ello abunda Olivier Longué, director general de Acción contra el Hambre: «Se requiere una respuesta que vaya más allá de lo sanitario: las consecuencias socioeconómicas de la pandemia pueden ser tan dañinas como la propia enfermedad para países sin mecanismos de protección y con la mitad de población viviendo al día a causa de una economía informal».

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